2.8.10

Los poetas están invadiendo Madrid

Los poetas están invadiendo Madrid Trabajan desde el anonimato, por otro Madrid sin realidad. El Establishment de la casa de correos de la Puerta del Sol, aprecia la foto con el pedal y el ciclista, el balón millonario y el equipo campeón. Esperanza Aguirre busca la portada de periódico, el telediario, mediante una galopada de montaña a lo Bahamontés o un gol patriótico a lo Zarra. Lo social en la antigua provincia de Castilla está dirigido a lo mayoritario, a la pauta mediática a una España de parrafada de Sánchez Mazas y PedroJotas. Madrid vive para sí, desde que perdió su imperio en 1898 y cambio al castizo y el clavel, por el punki y la litrona, al movido Tierno Galván por el beato Álvarez del Manzano, el tranvía por el taxi y el bocata de calamar por el menú Burguer King. Madrid se conforma con un manzanares de patos y se dejo quitar las huertas, la pradera de san Isidro, el mantel y la tortilla. Madrid quiso empezar en las costas de Alicante y se quedo en los PAUS de SanChinarro. Y en ese Madrid, soso de Gallardón, lo que no perdió es el poema y el garito. Lástima que el Diario As, no tenga sección de poesía o el País relevara a escritores editorialistas y pusiera ruido de poesía, un sueño que ni los de Gustavo Adolfo Bécquer. Un imposible no interesan Albertis, Blas de Oteros o Celayas, a no ser que sean en nombre de Avenida. Y en Madrid y su entorno de ciudades más que dormitorio que duermen, están incordiando de estrofa una NewAge de trovadores y juglares. Versos de mujer, Tampax, morbo y pubis de Eva Márquez, cómicos de Pepe Ramos, consagrados de Manuel López Azorín, anarquistas desde Marx de Ricardo Bórnez, que gritan de Nares Montero, peculiares de Ángel Rodríguez, republicanos, que lloran, heridos de Marisa Peña, taberneros y de ritmo blues de JR. Crespo, malvividos de Ada Menéndez, sueltos, de nieve de Paz Hernández. Con ganas de José Naveiras, rotos de Mayte Sánchez, simpáticos, tunantes de José Zúñiga, desgarrados, matadores, para morrease de Erika Holtzinger, de Don Juan y galantes de Santiago Tena, exquisitos, de cometas y dibujos de Pepe Viyuela. Y al leerlos, escucharlos, al discutirlos, vuelvo a ver a Durruti por el Clínico, a los afrancesados, a los perdidos del 56 y al Madrid, que no pudo ser en los ochenta. Eduardo Andradas Cultura Indigente

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